viernes, diciembre 02, 2016

 En primer lugar, es preciso situarlo en las coordenadas exactas en donde va a producirse el encuentro. El calendario de liga y los periódicos dicen que es en la ciudad de Barcelona, en el estadio Camp Nou. Dicho dato debe ser considerado orientativo. El Clásico es un encuentro en el que el espacio y el tiempo pasan a ser dos elementos secundarios, como el color de las botas de los jugadores. Es decir, se dice que es en Barcelona pero lo que va a ocurrir podría ser perfectamente en El Cairo o en Bangladesh.
En otro orden de cosas, es recomendable ir bien aseado a la cita, con la camisa cerrada hasta el último botón. No importa si lo ve solo o acompañado, en ese momento, poco le va a importar si los macarrones se le han pegado dos horas antes o si se ha quemado al sacar la pizza del horno; si su cuñado le ha hablado de la muerte de Fidel Castro o si su esposa le ha invitado a sacar la basura justo cuando se calzaba los zapatos para salir. En fin, tome asiento relajado y cruce las piernas solemne porque, ante todo, lo que no debe es alterarse.
Una vez iniciado pueden acaecer varias situaciones. Recuerda, no desespere. Una de las posibles tesituras en las que puede verse envuelto es la siguiente: a Cristiano Ronaldo se le antoja volver a pedir calma en territorio hostil. Si este hecho le provoca urticaria, tranquilícese, quizás en la jugada posterior Ronaldinho haga un eslalon desde el centro del campo con la tranquilidad con que un emperador entraba por un arco saludando a sus esclavos. En el caso de que Raúl Blanco marque el empate a dos en el tiempo de descuento y se lleve el dedo índice a sus labios sellados, no piense que debe callar, en cualquier caso deberá abrazarse a la persona de al lado o, por el contrario, deberá increpar a la pantalla del televisor como al conductor que estuvo a punto de atropellarlo en un paso de cebra. Considérese en la misma situación si Geovanni marca también cuando el partido da un respingo y hace tres cortes de manga al público. Si Luis Enrique está en el banquillo dando instrucciones a todos los jugadores menos a Messi, no se sorprenda si en cualquier momento marca un gol y va a restregárselo a la grada madridista estirando la camiseta del Barça hasta decolorarla. También puede ser que la burla vaya dirigida a la grada blaugrana y que esta vez la camiseta que pierda textura sea la del equipo blanco. Depende del minuto en que circule el enfrentamiento. Asimismo, aunque Zidane esté en el área técnica, sepa que es capaz de meter un gol por la escuadra que dé el pase a la Final de la Champions en el partido de ida, y que incluso puede alegar que sentenció rápido porque necesitaba ingeniar uno de los goles más increíbles del deporte. Rivaldo es muy asiduo a marcar cuando el aceite está más caliente, así que no lo pierda de vista. Bien es sabido que Messi puede estigmatizar a Mourinho tras asistencia de Afellay, y en la jugada siguiente puede otear el horizonte, mientras hace quiebros y avanza despacito por el campo como usted cuando intenta barrer el hilillo de polvo del salón. La diferencia es que el argentino va a apuntillar al Real Madrid sin ni siquiera moverse. Quizás Ronaldo pueda parecerte a James Gandolfini, en ese caso, desconfíe, va a recibir un pase en profundidad y va a hacer una carrera tan perfecta que va a lesionar a Thiago Motta. Cuando esté enfrente de Valdés, va a picarla, sonriente, como diciéndole a sus compañeros «yo sé hacer estas cosas, chicos».
Por último, haga oídos sordos a aquél que te sugiera que el árbitro estuvo mal porque no pitó no sé cuántos saques de banda. Para eso, ya está la televisión. 

Publicado en Arcos Información (03/12/2016)

Publicado el viernes, diciembre 02, 2016 por La enfermedad de las Turas

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jueves, noviembre 17, 2016

 Llegas a casa después del trabajo. Tienes la cena hecha desde el día anterior para ahorrar tiempo, te das una ducha, recalientas la comida, te desparramas en el sofá -si el día está para lujos quizás abras una lata de cerveza-, enciendes la tele e intentas buscar algo que te aleje cuanto más mejor de la cómoda miseria en la que vives, algo que no te haga ver nítido lo que el Pijoaparte vio enseguida la primera vez que se acostó con Maruja, en la novela Últimas tardes con Teresa: «la aceptación de la pobreza». Pero es imposible. La televisión está hilada para que la gente llore o para que sienta envidia de los ricos: el millonario que nos ofrece su lujosa casa para que podamos ver cómo viven los dioses; Bertín Osborne entrevistando en su casa asimismo ostentosa a cualquier colega -si el día está para lujos quizás entreviste al Presidente del Gobierno-; o sino, lo contrario: la periodista que inicia ilusionada su andadura por televisión y entrevista a una señora mayor cuya casa ofrece humedades del tamaño de un galápago; si cambias ves a la misma becaria con distintos apellidos entrevistando a una anciana que cobra una pensión mínima y no puede pagarse un elevador para subir los 20 escalones que dan acceso a su vivienda; en otro hay una señora distinta «con tres bocas que alimentar» y que pide ayuda, mientras una presentadora con una sonrisa renacentista alienta a edición para que rotulen un teléfono con el fin de que donemos «solidaridad». Extasiado por tanto drama, pides a gritos los anuncios, pero cuando éstos llegan, vienen de la mano del dramón definitivo: la señora mayor que chochea y cree que le ha tocado el gordo de lotería, con todo un pueblo ayudándola -inclusive un nieto holgazán que representa milimétricamente a los jóvenes de España- en la mentira. Más tarde, el chispazo final, con la señora regalando el décimo a su hijo.
La Lotería de Navidad se ha propuesto no dejarnos descansar de la desdicha social ni siquiera en los anuncios. Antes, al menos, su publicidad iba destinada a irradiar felicidad y magia. Eran reclamos tiernos, un artificio que el publico se alegraba de ver. Eran, en definitiva, lo que se espera de la Navidad. Estos elementos se han sustituido por cortometrajes donde el único fin es la llorera, pero además, lo hacen de la forma más ruin posible, utilizando la ilusión de un obrero cualquiera o de una anciana preocupada por su hogar. Una sensiblería barata que, de todas formas, funciona, porque el público ya se ha acostumbrado a la compasión que tantos y tantos años lleva vendiéndonos la televisión, a llamar solidaridad a lo que es caridad, al hecho de que tan sólo la suerte repartida un día al año será capaz de sacarnos la cabeza por el balcón para que respiremos. Yo no he llorado con el anuncio de la Lotería. Es más, he sentido un poco de vergüenza ajena ante esa estampa costumbrista y pueblerina llena de estereotipos manidos, con el joven enganchado al móvil tratando mal a la abuela, incluso cuando pide colaboración a sus vecinos se resigna ante la locura de la anciana. Tampoco me gusta la condescendencia del pueblo. Es irreal, gris y obsoleta, porque la sociedad en la que vivimos, sea en Villaviciosa o sea en Barcelona, es egoísta de por sí, por lo tanto, no me creo nada de lo que sucede en él. Llámenme insensible, pesimista o agorero si quieren cuando lean este artículo. Quizás toda la culpa de mi visión hacia él no la tenga ni el propio anuncio. A lo mejor me influye también que toda la televisión se ha convertido en unos cuantos ejecutivos codiciosos que exclaman cuando estrechan la mano del creativo: «¡Qué lloren! ¡Qué lloren!».

Publicado en Andalucía Información (18/11/2016)

Publicado el jueves, noviembre 17, 2016 por La enfermedad de las Turas

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viernes, noviembre 04, 2016

 Vivimos en una constante batalla dialéctica sobre qué está bien y qué está mal, sobre qué es cierto o qué es falso, sobre si fue cobra o no lo que David Bisbal le hizo a Chenoa. Roberto Bolaño era un buen discutidor. Cuenta Vila-Matas que la última vez que lo vio le habló muy mal de Bush, algo que le parecía lógico. Sin embargo, Bolaño le defendió algunos aspectos de la administración Bush, con tal de refutar algo. Discutir, discutir, discutir. Es algo magnífico. El problema viene cuando hay temas que no admiten discusión, y sin embargo lo hacemos; y más problema aún cuando las instituciones que nos representan, entre las que voy a incluir los medios de comunicación, crean controversia en temas en los que difícilmente entra el debate, cuando su misión debe ser la de educar. Uno de estos temas es la mujer. 
Hay dos puntos en la sociedad en los que la mujer está siendo una víctima incuestionable, una víctima sin defensa por ciertos clichés tan arraigados a los habitantes españoles que parecen normales. Uno de ellos es el maltrato. Estamos acostumbrados a él, a que aparezcan todos los días noticias de mujeres asesinadas, de mujeres pegadas. Tan acostumbrados que ya difícilmente son noticia. Cuando esto ocurre el acontecimiento suele ocupar dos o tres minutos en el telediario y una columnita en los periódicos. Una sacudida de conciencia en toda regla. Sin embargo, cuando una mujer hace una denuncia falsa, se presiona el botón rojo del escándalo inmediatamente, y toda España entra en una espiral de debates sobre las ventajas que tienen nuestras mujeres ante la justicia por ser mujeres, sobre qué pasa con los hombres maltratados, sobre cuánto caso hay que hacerle a una denuncia... Y el debate no sólo lo crea el ciudadano. Por ejemplo, una mujer hizo una denuncia falsa hace poco y dijo que su pareja la había maltratado poniéndole pegamento en la vagina. La mayoría de telediarios ocupó algo más de tres minutos en aclararnos la noticia, y El Mundo, periódico conocedor de que sólo el 0,4% de las denuncias por maltrato son falsas en el caso de las mujeres, creyó oportuno hacer un reportaje a doble página con una foto bien grande de la falsa denunciadora en el que se podía leer el siguiente titular: «La mentirosa del pegamento». Desconozco cuál era el objetivo de tan extenso reportaje. Lo que sí tengo claro es que dándole voz a un suceso tan anecdótico en cuanto al volumen de las verdaderas víctimas, se enfanga el debate, se crea la opinión de que tampoco los hombres son tan malos. Y ese no es el asunto. La cuestión es que cientos de miles de mujeres son víctimas de un machismo aplastante cada año.
Otro ejemplo que me dejó perplejo fue un tweet de la Policía hace poco: «Hoy es el amor de tu vida y mañana, si te he visto no me acuerdo...Piensa dos veces antes de enviar una foto subidita de tono. Evita #sextorsión». De nuevo creo que el enfoque no es el oportuno. Yo pienso que, en lugar de aleccionar a una mujer para que no envíe fotos a quien ella elige que debe ser condescendiente con su privacidad, se debería aleccionar al ser que, en un acto de hombría fanfarrona, decide que la privacidad de otra persona debe ser objeto conocido para todo un pueblo o toda una ciudad. Con ese tweet, la policía carga de responsabilidad a la víctima, es un «mira que te avisé» insensato. Porque lo cierto es que hay personas que piensan que si la foto de una chica circula por las redes es por culpa de ella, por ser «tan inocente de mandar esas cosas sabiendo lo que luego pasa». Y si la policía, cuerpo encargado de nuestra seguridad, ofrece un argumento de ese estilo, está dándole la razón a todo el machismo que cree incondicionalmente que la mujer va de víctima, que es el enemigo, que va provocando.

Publicado en Andalucía Información (4/11/2016)
Foto: Sólo mía. 
 

Publicado el viernes, noviembre 04, 2016 por La enfermedad de las Turas

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viernes, octubre 21, 2016

 El fin de semana pasado estuve en Londres por motivos de trabajo. Mi misión en la capital del vértigo era la de dar una clase de muestra de español. El recinto donde debía impartirla era un espacio amplísimo, donde distintas academias dedicadas a la enseñanza del español como lengua extranjera ofrecían sus virtudes, en una lucha sutil, parecida a la esgrima, por captar clientes. Había eslóganes variados, ofertas variadas, atenciones variadas. Hasta ahí todo normal. Sin embargo, el día me iba a dejar algunos huecos para la sorpresa y la resignación. El primer pasmo me lo originó el anuncio de una academia de Valladolid y su correspondiente anuncio: «Aprende el español de Valladolid». Esa academia consideraba que la vertiente hablada en el centro de España era la única e indiscutible para aprender un buen español. La segunda sorpresa vino dada de la boca de un chico mallorquín, profesor de español, en una conversación mantenida debajo de un techo donde nos protegíamos de una lluvia feroz que amenazaba con dejarnos fríos los zapatos. Al escucharme hablar, pronunció: «tu acento es muy fuerte, espero que no enseñes así español». El joven entendió, que al tener yo acento ceceante y al hablar entrecortando las palabras, no era capaz de asumir que la lengua que yo enseñaba era español, y que en mis clases podía cometer el desliz de olvidarlo. En definitiva, creyó que por ser ceceante y entrecortar las palabras mi capacidad de enseñanza era inferior.
La estupidez es un arma que te otorga la ignorancia, y si la lengua es el instrumento que se erige en la discusión, los españoles hemos demostrado de sobra que somos muy estúpidos. Esto que voy a intentar aclarar es algo muy manido y que me produce mucho sosiego. A su vez, considero necesario no olvidar el tema y sacarlo de vez en cuando a la intemperie, no vaya a ser que a los hablantes españoles, y a los propios ceceantes, se les olvide. Cecear no es hablar mal el español. El ceceo es una característica fonética que viene determinada por la zona geográfica en la que naces, al igual que la pérdida de la ese implosiva -la ese final de sílaba-. Podríamos aburrirnos con la cantidad de particularidades fónicas que nos ofrece el andaluz, pero no es el caso. Lo que importa de veras es que se manipule, que se haga creencia aquello de que porque no pronunciemos las eses no somos capaces de ejercer bien nuestra lengua. Perdonen, pero no. Ni el andaluz es la peor de las vertientes que se encuentra en el español, ni España es el único país que ofrece distintas formas de hablar una lengua.
Yo invito, ya que antes les hablé de esgrima, a cualquier castellano parlante, a cualquier andaluz remilgado, a cualquier catalán sobrentendido y a cualquier habitante ibérico, a que encuentren en el texto o en el habla de cualquier ceceante consciente de la lengua española, algún dequeísmo, queísmo, laísmo, leísmo o estructura sintáctica incorrecta. Fenómenos que, dicho sea de paso, son los que realmente malforman la estructura del español, y cuyos usos no lo da ser ceceante, ni mucho menos, sino el conocimiento de la lengua que tengas. Aburre que cuando vayas a alguna entrevista de trabajo dudes si hablar con ceceo o si no, que cuando te encuentras en una reunión con españoles debajo de la mesa resbale una sonrisa burlona, maliciosa. Y aburren más aún aquellos ceceantes que se aventuran a estudiar en otras ciudades y vuelven al pueblo pronunciando una ese tan resbaladiza que en lugar de escuchar a una persona parece que tienes en el oído un panal de abejas. Pronunciar las eses de una forma u otra no es nuestra elección, es algo que nos determina el medio. La estupidez y la ignorancia, sin embargo, sí están reñidas a nuestras preferencias. No eliges una característica fonética como tampoco eliges los padres que te tocan. Ceceantes, no se escupan a ustedes mismos. 

Publicado en Andalucía Información (21/10/2016)

Publicado el viernes, octubre 21, 2016 por La enfermedad de las Turas

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martes, octubre 11, 2016

 Internet se ha convertido en una sarta de comunicados. O mejor dicho: en una batidora donde es de obligado cumplimiento dar tu opinión sobre la sarta de comunicados. La polémica funciona muy bien en el medio, y el comunicado también. Hay comunicados para todo: desde la persona anónima que comunica que es el cumpleaños de una persona muy especial, al comparsista que comunica el alta y la baja de algún componente, como si de un football manager se tratase. En otra liga, juegan los renombres, es decir, el personaje de relumbrón que precisa del comunicado para darnos ésta u otra noticia. En la última semana, ha destacado mucho un comunicado que ha abierto a golpe de azada un sendero lleno de espinas y rencores que ha tenido en vilo a los usuarios y ha descorchado la botella de las opiniones en internet. Y no hablo de las polémicas declaraciones del “Pichu” Cuéllar. Me refiero a la ingente disputa entre dos de los raperos más reconocidos de esta nuestra querida España: Rafael Lechowsky y Kase.O.
Han leído bien, el rap ha sido noticia en España. Este hecho hubiera sido difícil de imaginar por aquellos chavales que, como yo, al inicio del año 2.000 debatían en los parques sobre qué estilo dominaba España, si el estilo de Zaragoza o el de Sevilla. Curiosamente, los dos implicados en la disputa resultan ser de la escuela de Zaragoza, y ambos han formado parte en mi imaginario del MC perfecto. Mi admiración hacia ambos ha sido suma. Kase.O me ha parecido siempre el mejor letrista español (ya cumplidos unos años, me cuestiono esta sentencia, pero la duda sigue ahí), y Lechowsky me ha aportado en alguno de sus discos la lírica y la templanza que requería en mis escuchas. Incluso quizás haya grabado uno de los discos que yo siempre he querido grabar. Pues bien, la situación es la siguiente: Rafael Lechowsky acusa de plagio a Kase.O por su tema Basureta, incluido en su último disco titulado El círculo. Pero no reclama versos, sino el concepto de la canción. Al parecer, Kase.O habría copiado al otro rapero zaragozano el rapeo llorado con que se exhibe en el mencionado tema. Y, cómo no, Lechowsky lo denunció a través de un comunicado.
El rap con el que mi generación y la anterior ha crecido está en sus horas más bajas. Se trata de un rap inmaduro, que no ha sabido sufrir la evolución lógica de un movimiento, ni musical ni en cuanto a letras se refiere. Muchas veces me culpo como público por no ser flexible, y me castigo recordándome mi edad. Pero esta flagelación debe valer también para los artistas que hacen rap, y que siguen grabando los mismos discos que hace veinte años. Si un servidor tiene 29 años, y ha terminado hastiado de un género musical que se ha quedado anclado en las métricas y ritmos que cualquier quinceañero de ahora puede ofrecernos, cómo no voy a exigir que los artistas que ocupan las ventas de discos no nos ofrezcan algo distinto.
De hecho, el público de rap está cambiando, así como la forma de hacerlo. Ha surgido un nuevo género, o una nueve vertiente, como prefieran llamarlo, denominada trap. Personalmente, no es de mi agrado, pero nadie puede negar que ha nacido como rebeldía a los ritmos vetustos que el panorama del hip-hop nos estaba ofreciendo. Y que haya estilos nuevos se agradece. Por eso, lo ocurrido entre Kase.O y Rafael Lechowsky me parece tan triste. Lo es porque dentro de esa música vieja, repetitiva y tediosa, eran los dos raperos que, por la calidad de su lírica, permitían, al menos a mí, que volviéramos a la inocencia de un género que era como un océano, de las múltiples combinaciones que ofrecía. Sin embargo, con esta polémica absurda, han empañado lo poquito bueno que nos quedaba de aquello: cuando amábamos un graffiti, cuando recitábamos sus frases y nos pasábamos la lengua por los labios para rebañar el calimocho.

Publicado en Arcos Información (7/10/2016)
Foto: Kase.O
 

Publicado el martes, octubre 11, 2016 por La enfermedad de las Turas

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martes, julio 26, 2016

 En baloncesto, existe un elemento que, a pesar de no ser animado, cambia completamente la concepción del juego. Sin él, este deporte pasaría a ser otro totalmente distinto. Os hablo del tablero. Un tablero de baloncesto se levanta imperioso sobre los cuerpos que van a luchar, de forma descarnada, por introducir el balón en el aro. En la reputación del baloncesto actual, usar el metacrilato parece que es una forma ruin de practicarlo, es la manera sucia de meter una canasta, el camino fácil que deshecha la floritura, arte principal por el que la chavalería se introduce en este juego. Sin embargo, también existen los metódicos, quienes teorizan sobre el arte de pivotar sobre sí mismo, sobre las características de la asistencia y la efectividad del tablero. Cuando comencé a jugar, me instruía un maestro gallego que estaba de paso por el pueblo. En su afán porque ejecutáramos un baloncesto minucioso, siempre nos gritaba: «¡Buscad el tablero. Hay que buscar el tablero, carallo!». Por aquella época brillaban, sin astro capaz de asomarse ni siquiera a sus tobillos, Kobe Bryant, Jason Williams, Shaquille O´neill, Vince Carter... y en un rincón apartado, sin masas aduladoras, se encontraba uno de los jugadores más perfectos que ha dado la Historia: Tim Duncan.
Tim «Siglo 21» Duncan, como el genial Andrés Montés lo apodaba, ha sido el mejor jugador que he visto usando el tablero. Si uno observa de lejos a Duncan, puede pensar que es jugador de baloncesto por su altura. Lo demás que nos ofrecen sus facciones es una persona ausente, taciturna, que está en el mundo por estar. En resumidas cuentas, nunca pensaríamos que se trata del mejor ala-pívot que haya parido una cancha. Duncan es el baloncesto -perdonen que caiga en este tópico manido y redundante, pero no se me ocurre otra sentencia para catalogarlo-. Si uno ve a Duncan jugar, observa cómo utiliza todos los movimientos que nos enseñaron de pequeños, con la diferencia de que él los ha usado enfrentándose contra armatostes que se hacían aún más grandes a golpe de pesas y de dólares, en el poco desdeñable periplo de 17 años.
Luego está su carácter, silencioso, como un espectro por la pista. Escribiendo este artículo he intentado recordar un mal gesto de Duncan, pero no hay manera de que acuda ninguno a mis recuerdos. La revista de baloncesto Kia en zona publicó hace unos días un post del facebook de Etan Thomas, ex-jugador entre otras franquicias de Oklahoma City Thunder, en la que el pívot contaba una anécdota que define a la perfección el carácter de Duncan sobre una cancha de baloncesto. Según Thomas, encaró a Duncan dando dos pasos y alejándose de él para que no lo taponara, soltando un gancho que finalmente fue bloqueado. En la jugada siguiente, cuando ambos corrían hacia la otra canasta, Duncan le dijo al oído: «Ese fue un buen movimiento, pero tienes que meterte más sobre mi cuerpo, así o sacas falta o al menos yo no puedo taponarlo».
Tim Duncan es la antítesis perfecta de Guti. Si el ex-jugador del Real Madrid ha sido durante toda su carrera la «eterna promesa», Duncan ha sido para nosotros el «eterno retirado». No ha habido playoffs de los últimos cinco años en el que no hayamos lamentado que era el último partido del 21 de los Spurs. Cuando más convencido estuve fue cuando falló una canasta medio fácil en el séptimo partido de las Finales de 2013 contra Miami Heat, canasta que le arrebataba el anillo. Después del fallo dio dos palmetazos en el parqué que inducían a pensar en la catástrofe. Perdió, pero no se retiro. Al año siguiente barrió a los Heat 4-1, para adjudicarse el 5º anillo de su carrera. Pero ahora sí, ahora sí se ha retirado Tim «Siglo 21» Duncan. Me he imaginado a Gregg Popovich llorando. Y no es para menos. Para muchos, también se nos ha muerto una parte del baloncesto.

Publicado en Arcos Información ( 22/7/16)

Publicado el martes, julio 26, 2016 por La enfermedad de las Turas

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viernes, julio 08, 2016

 Uwe era un alemán escurrido como una calada de cigarro. Durante una semana, era el encargado de llevarme desde Prado del Rey hasta Suryalila, un retiro espiritual en el que lo más trascendente era si la Coca-Cola podía servirse bien fría, y en el que tenía que impartir unas clases de español. Ante mis sospechas sobre por qué ese individuo con ojos de búho vivía en Prado del Rey, él me contaba, de manera entrecortada, pues su español era muy pobre, y con una ironía robada de cualquier tasca, que le gustaba la tranquilidad del pueblo y que estaba cansado del ajetreo de la gran ciudad. Tópico entre los tópicos. Sin embargo, nunca he llegado a comprender la manía de los habitantes de grandes urbes de dejarlo todo y mudarse a un pueblo.
Hay una serie que veo ahora donde un pueblo costero alejado de Nueva York es tan protagonista como los personajes que circulan en ella. En The affair, Montauk extiende sus brazos invisibles al cuello de sus habitantes. La asfixia parece ser calmada cuando Alison, su protagonista, acude al mar en busca de una música silenciosa que apacigüe tanto aullido. Pero el mar le bufa, ladra, maúlla y se la come viva. No es un pueblo todo lo apacible que deseamos. Los seres que viven en él son demasiado taciturnos, refugiados en los bares, con mucho tiempo libre. La palabrería circula por las aceras como un niño en bicicleta. Un pueblo nunca indulta la culpa. Un pueblo es Comala, Macondo, Sonora, donde la aridez del terreno influye tanto en el día a día de los habitantes como peinarse o abrocharse una camisa.
De mi pueblo, Arcos de la Frontera, dicen que es el que mayor número de poetas por metro cuadrado tiene. Quizás no les falte razón. Antonio Hernández, uno de los grandes poetas que ha crecido en estas paredes que hipan desconchones, y que ostenta un currículo literario que ya quisieran muchos, afirmaba sin vergüenza ninguna en una entrevista concedida en el año 89: «Yo ni siquiera soy el mejor poeta de mi pueblo». Quien sea forastero, y analice el historial de Hernández, probablemente advierta en las palabras del escritor cierto afán de falsa modestia. Sin embargo, ese individuo estaría muy lejos de la realidad. En Arcos cada poeta que se atreve a jugar entre asonancias y metros, hinca una rodilla en el suelo y se signa cuando se menciona a Julio Mariscal.
Las calles de Arcos son motivo de metáfora en innumerables ocasiones en las obras de mis paisanos. Pepa Caro, una de los muchos poetas que tenemos, incluso dedica un poemario entero a hablar de ellas. En Las calles de la lluvia, el agua aparece como una melena con cuchillas dentro. Ni el verso manso y lento es capaz de aquietar tanto agüacero. «Nadie quería la lluvia / en esta calle. Nadie», dicen algunos versos. De nuevo el lugar donde naces como tenaza de las ansias. Las calles de Arcos se desdoblan y te hacen nudos en el cuerpo, te llevan al fango cuando te descuidas. Las calles de Arcos «ahora son olvido, / desdibujado perfil, / tierra ya moribunda / que no aviva la sangre», nos recuerda de nuevo Pepa Caro. Y también está la estrechez, que aprieta. Con sus raras geometrías las calles te acercan a la niebla y quién sabe si a la muerte. «Dan ganas de arrimarse a alguien / y hay espanto, / un espamto blando y muy secreto / que prefiere correr hacia lo oscuro», nos dice Mª Jesús Ortega en su poemario Toque de arrebato. Podría contaros miles de versos sobre las calles de mi pueblo, pero las palabras llegan al límite. Seguramente en Tokio, Nueva York, Madrid, haya alguien queriéndose introducir en la paz de un pueblo, engañados, quizás, por haber perdido dos o tres veces el metro. Otros, en cambio, anhelamos el sonido de los coches cabalgando por las avenidas. 

Artículo Publicado en Andalucía Información (06/7/2016)

Foto: The affair.

Publicado el viernes, julio 08, 2016 por La enfermedad de las Turas

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viernes, junio 24, 2016

 Hay veces que quiero leer demasiado. Es una vorágine incontrolable que me acerca a un abismo de letras, que te pone en el centro de un huracán donde acentos, puntos, comas y párrafos aletean golpeándote la cara como peces furiosos. Tiendo a recoger todo libro que esté a mi alcance. Hace poco, una amiga iba a tirar una colección mala, horrorosa en la forma, de esas que tu madre compra para rellenar el hueco de una estantería. «¿De verdad quieres quedarte con ellos? -me objetó-. Son muy feos». Yo los miré por si el arrepentimiento me tendía una mano noble, pero le contesté que algo se podría hacer con ellos, sobre todo olerlos.
Para controlar el desorden que me provoca querer aunar tantos libros, me voy a las bibliotecas. Los paseos por los pasillos de las bibliotecas son lo más parecido a una fiebre mortal. Abro los libros y leo los párrafos iniciales, los huelo, los cierro, camino, leo un poema, lo huelo, camino. Una hora, tres veces a la semana, con la desconfianza de los que están a mi alrededor. A veces pienso que me imaginan como un pervertido huelebraguitas. Más tarde, cuando una edición es inquebran-tablemente buena, le acaricio la solapa, toco su papel y la deslizo silenciosa por mi cartera de cuero. Robar libros es la forma de ejercitarse para los que vivimos en la butaca con la espalda encorvada.
Los primeros libros que robé estaban en casa de mi abuela. Tenía unos diez u once años. Cuando todos creían que jugaba con mis primos, yo me colaba en el cuarto de los trastos viejos y guardaba en mi mochila todas las novelas que habían obligado a mi padre y a mis tíos a leer en el instituto. Luego, cuando los leía, no entendía nada, pero era apacible pasar las hojas de papel marrón en una esquina de la cama, para que mi madre no supiera qué estaba haciendo, con la inocencia de lo prohibido. Y me aficioné. Tuve una novia a la que le desvalijé media biblioteca. La biblioteca de mi pueblo también ha sido víctima de varios hurtos. El último que cometí fue en el piso de mi hermana, cuya estantería de libros me sorprendió en títulos y ediciones. Era una oportunidad que no podía dejar de aprovechar.
La sorpresa me llegó cuando me di cuenta de que no era el único que tenía el afán de quitar libros. Hay todo un mundo de escritores que han sucumbido a la práctica. Incluso se ha teorizado al respecto. Roberto Fresán, en un artículo publicado en Radar Libros, afirma que «robar libros es, en realidad, una forma deportiva de la literatura», y añade en un aparte: «Cuando se roban libros, uno es persona y personaje». Hay algo místico en el acto de escabullirse de una librería con un libro temblando en el bolsillo de tu chaqueta. Los libros robados pasan a ser tus cómplices en el momento que son alumbrados por el flexo. Roberto Bolaño también fue un gran atracador de libros. En un artículo en el periódico El País, cuenta cómo una vez lo atraparon robando uno. «Mi detención fue ignominiosa. Parecía como si los samurais de la librería hubieran puesto precio a mi cabeza. Amenazaron con expulsarme del país, con propinarme una madriza en el sótano de La librería del Sótano, lo que a mí me sonó como si aquellos neofilósofos hablaran entre ellos de la destrucción de la destrucción, y al final, tras larga deliberación, me dejaron en libertad no sin antes apropiarse de todos los libros que yo llevaba, ninguno de los cuales había sido robado allí». Hay quien está en contra del robo de libros. Desde aquí les digo que vale, que muy bien. El acto de propiedad indebida va más allá de lo explicable. Lo único que puedo hacer es pedir perdón, sobre todo a mi exnovia. Prometo no devolverlos.

Artículo publicado en Andalucía Información (24/6/2016)

Foto: Loui

Publicado el viernes, junio 24, 2016 por La enfermedad de las Turas

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